“MORTDECAI” (2015) – David Koepp

Popurrí de nada

Hasta antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los géneros cinematográficos eran estamentos inamovibles. Esta invariabilidad perseguía que el público se ubicara rápidamente en el registro de la película, facilitando la comprensión de la misma. Para asegurar este objetivo, el tono de cada film debía ser acorde a la historia contada. El cine negro debía ser denso y oscuro, la comedia debía ser alegre y ligera. Fue tras el conflicto bélico cuando los géneros empezaron a mutar y a fusionarse entre sí para dar lugar a productos híbridos, cada vez más complejos de clasificar. El tono ya no tenía por qué ser el esperado, y se le empezó a dar diferentes enfoques a películas de un mismo género. El desarrollo desde entonces ha sido espectacular. El cine considerado “clásico” en su concepción sigue existiendo, y, con su correspondiente evolución, sigue siendo el mayoritario. Sin embargo, a su alrededor han crecido toda una serie de ramas que, sin necesidad de llegar a lo surrealista, basan su existencia en el mestizaje del género, y en el que el cambio de tonos dentro de la propia película (o secuencia, incluso) ya no resulta novedoso.

Pero aspirar a la indefinición definida conlleva sus complicaciones. Caminar con cada pie en un género distinto requiere un dominio del tono que permita combinar los estándares de ambos sin convertirlo en un producto insustancial. El cine de Carlos Vermut (Diamond flash, 2011; y, especialmente, Magical girl, 2014) es un buen ejemplo de esta complicada tarea, que es la que da lugar a que sus películas sean tan desconcertantes. Su juego con las convenciones de género descoloca al espectador habituado a una vertiente estilísticamente más conservadora. Los ingredientes para la obtención de una película de género están presentes, pero la combinación con los de otro(s) y el tono aplicado provocan incomodidad, que será estimulante para el espectador dispuesto a participar.

No hace falta llegar a este extremo para lograr una adecuada simbiosis cinematográfica. Ya en Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) (Birdman or (the unexpected virtue of ignorance), Alejandro González Iñárritu, 2014) existe un claro enfoque tragicómico que, si bien se deshilacha en su segunda mitad, funciona sin necesidad de llevar a cabo labores de funambulista. La clave está en la capacidad de mezcla, el adecuado desarrollo de los diferentes aspectos de cada género, buscando que se complementen y apoyen en los demás para mejorar la película. Pero esto requiere tener una idea previa de qué es lo que se quiere obtener, siendo los géneros escogidos consecuencia de ésta. De otra manera, el resultado se verá forzado y no combinará. Es decir, exactamente lo que ocurre en Mortdecai (David Koepp, 2015).

La nueva película de este director se instala en medio de un remolino de influencias y géneros. La primera escena parece homenajear al inicio de Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984), pero lo abandona inmediatamente para tomar los derroteros de James Bond y su versión paródica, Austin Powers. Todo queda sazonado con una trama de ladronzuelos descarados y más inteligentes que nadie, del corte Ocean’s Eleven (Stephen Soderbergh, 2001). El tono aglutina todo lo anterior y le da un aire de comedia cool grosera, similar al de las películas de Guy Ritchie (Snatch, cerdos y diamantes (Snatch, 2000); Sherlock Holmes, (2009)), sin renunciar en ningún momento a su ambientación kitsch.

Sobre el papel, no parece la premisa más sencilla de desarrollar, pero es la ausencia de una propuesta clara la que anula toda coherencia interna. El protagonista, Mortdecai, es retratado con un aire tontorrón que lo convierte en un pícaro poco espabilado, lo que supone una incoherencia de base. El humor alterna la pomposidad decadente de El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, Wes Anderson, 2014) con la broma sexual burda de Austin Powers, (llegando a incluir un plano de la erección del protagonista), que no molesta por lo soez de la situación (que encaja perfectamente en otra comedia actual como The Interview (Evan Goldberg, Seth Rogen, 2014)), sino por lo gratuito y fuera de lugar que resulta. Johnny Depp, por su parte, convierte su nueva colaboración con David Koepp (tras La ventana secreta (Secret window, 2004) en una nueva sobreactuación bochornosa, que termina de contribuir a la sensación generalizada de inconexión conceptual. Esta nula combinación de ideas da lugar a un pastiche pegajoso e imposible de digerir, que destaca por su nula capacidad cómica y su talento para la vergüenza ajena. Pero, aun más destacable que su fracaso cinematográfico es su aspiración comercial. Tratándose de un producto que no destaca por nada, adolece de todo y presenta ideas comercialmente opuestas, desconcierta imaginar cuál puede ser el público objetivo de Mortdecai.

Yago

DANDO LA NOTA, AÚN MÁS ALTO, de Elizabeth Banks (USA 2015)

Crítica de Ana Álvarez

Acordes y desacuerdos

En 2012 un director de Broadway, Jason Moore, puso a crítica y público a entonar a coro alabanzas hacia su debut en el cine, una comedia teen, chispeante y divertidísima que partía de un clásico como “El club de los cinco”, y manejando con ritmo y alegría los elementos arquetípicos del género, se reía de y con ellos hasta hacer de “Dando la nota” una gran película que quien esto escribe incluyó en su lista de las mejores del año. Sirva este dato únicamente para dar una idea de su sorpresa, expectación pero también prudencia, ante este estreno.

Pese al éxito en taquilla, todo habría quedado probablemente en un único título de no ser porque el pase televisivo levantó tal clamor que se propició una segunda parte con el mismo elenco protagonista y mismos guionistas, entre ellos el autor del libro en el que se basa, pero sin Jason Moore al mando. Elizabeth Banks, que sigue siendo la mordaz comentarista radiofónica de la primera entrega, es quien se hace cargo de la dirección y trata de que la nueva travesía de las Bellas de Barden llegue a buen puerto.

Comienza “Dando la nota aún más alto” con el famoso coro femenino universitario en la cima del mundo del canto a capella y en una actuación delante del presidente de Estados Unidos tiene lugar su caída, tan estrepitosa como humillante. A partir de ahí hay casi dos horas hasta el resurgimiento. Un renacer que tendrá lugar cuando vuelvan a representar a su país en el concurso mundial y se enfrenten al todopoderoso coro alemán tirando alevosamente de emoción frente a eficacia. El argumento es básico, efectivo y nada original, si bien es verdad que, para según qué cosas, la originalidad está sobrevalorada.

La película es divertida pese a que el humor escatológico sube enteros y los arquetipos no sirven para jugar sino para buscar el chiste simple. Ejemplo de esto es el pavoneo americano sobre su manifiesta ignorancia acerca de todo lo que no son ellos y lo poco que les importa y que los alemanes sean ejemplares físicamente perfectos carentes de corazón. No obstante las escenas musicales son sobradamente brillantes y las historias personales mantienen el tono excéntrico. Aparece Haylee Steinfeld, aquella niña del “Valor de Ley” de los Cohen, aunque poco pueda hacer contra Rebel Wilson que gana protagonismo y Anna Kendrick, que ni siquiera dejándose llevar puede dejar de demostrar su talento.

Las risas están ahí y hay detalles brillantes salpicando el metraje hasta los títulos de crédito sin embargo, aunque Elizabeth Banks vuelve a componer con acierto su personaje, como “directriz” no tiene el pulso de Moore y eso se echa de menos. Quién esto escribe no incluirá “Dando la nota aún más alto” entre sus películas favoritas del año porque falta garra, falta empuje, falta ritmo… pero, sólo por la estupefacción que le han supuesto las actuaciones de Das Sound Machine y el momentazo” de Amy la Gorda cruzando el lago a golpe de remo y de Pat Benatar en pos de su Bumper, se declara “aka-fan” incondicional del mundo de las Bellas de Barden.

Ana Álvarez

A esmorga, Ignacio Vilar (2014)

La gran parranda

“No hay esmorga sin mujer” exhorta Bocas de forma insistente a sus dos amigos de parranda casi al final de las 24 horas de correría etílica por tierras Orensanas que relata este film. En ese tiempo recorren las tabernas y lupanares de la zona presentándonos las miserias de la Galicia rural de los años 50, en plena época franquista,  durante un invierno oscuro y lluvioso donde parece que la única forma de entrar en calor es a través del vino y el aguardiente.

Película basada en la novela del célebre escritor orensano Eduardo Blanco Amor del mismo título publicada en 1959 mientras vivía en Argentina. Ya tuvo una primera adaptación cinematográfica a cargo de Gonzalo Suárez en 1977 protagonizada por José Sacristán, José Luis Gómez y Antonio Ferrandis. Ignacio Vilar dirige a los protagonistas de esta nueva versión: Miguel de Lira, Karra Elejalde y Antonio Durán ‘Morris’, interpretando respectivamente a Cibrán, Bocas y Milhomes.

Cibrán habla a cámara en la primera escena del film contando a un juez lo ocurrido durante esa borrachera sin final, llena de pobreza, suciedad, alcohol, putas, navajazos, vomitonas,  demonios interiores, más alcohol, mucha lluvia y sobre todo una encubierta homosexualidad que el alcohol ayuda a liberar con todo lo que eso puede suponer en ese cerrado y lúgubre ambiente de la época.

Las actuaciones son muy poderosas, sufro con los actores y me emborracho con ellos, hasta me duelen los sabañones de Cibrán y le acompaño en su delirium tremens. Huelo el estiércol y la humedad de la lluvia, pero a veces me pierdo con los subtítulos que  no muestran la traducción completa; me molesta el constante uso de la música de piano de fondo, me parece muy recurrente y cansina. No entiendo cuántas tabernas y prostíbulos puede haber en tan pocos kilómetros a la redonda, ni cómo se puede empezar a beber tan temprano y sobre todo, seguir bebiendo sin derrumbarse, pero sé que eso es solo cosa mía. La ambientación está realmente muy cuidada, lo mismo que la fotografía y sobre todo las interpretaciones.

El resultado es un retrato desasosegante de unos amigos que pese a moverse sin parar, nunca van a ningún sitio.

Pilar Oncina

“UNA NUEVA AMIGA” (2014) – François Ozon

Travististiendo sonrisas

La sociedad es una trampa de pretextos, estereotipos y convenciones, de la que surgen las zonas de confort en las que los humanos nos sentimos cómodos pero insulsos. Nuestra necesidad de pertenecer a un grupo, o de sentir que lo hacemos, es la que nos condena y provoca que acabemos acatando estas normas sociales. Se premia la imitación mientras la diferencia es perseguida. Exigimos libertad, pero ansiamos unas directrices de conducta que perfilen nuestra personalidad y nos den la seguridad de sentir que estamos haciendo lo adecuado y aprovechando nuestras vidas. Una libertad real queda más allá de las murallas de esta zona de confort. Una barrera que hay que sortear en el día a día en busca de la realización personal. Una barrera que hay que superar para liberar los instintos y desatar la auténtica personalidad. La calma chicha de la normalidad frente a la lucha constante de la búsqueda del yo interior. Pasar por el aro o asumir que lloverán palos.

Pero no te tomes nada de esto demasiado en serio: es una película de François Ozon. Su cine se asienta en dos pilares: los sentimientos reprimidos y por descubrir, y la ridiculización de la burguesía francesa. Con esta temática alcanza situaciones controvertidas, pero alejadas de la densidad dramática. Su tono se caracteriza por la ligereza en la narración, especialmente presente en sus películas de corte más cómico. Sus historias se caracterizan por esa capacidad para amagar hacia lo evidente, pero siempre consiguiendo huir de éste. El ejemplo más claro está en su segunda película, Sitcom (Comedia de situación) (Sitcom, 1998), que se fundamenta en la constante ruptura de esquemas cinematográficos a partir de situaciones narrativamente cotidianas. Como fondo, el descubrimiento de las pasiones ocultas y una sátira de la familia de clase media, con un desbordante tono autoparódico y desdramatizante. En su vertiente más seria, las ideas no se pierden. En su anterior película, Joven y bonita (Jeune et Jolie, 2014), el elemento más controvertido de la historia consiste en no dar motivos a una decisión tan polémica como la de una adolescente de familia pudiente que decide prostituirse.

Esta atención hacia la historia es la que puede provocar que se desatiendan otros factores, como la propia puesta en escena. Director muy parecido a Woody Allen en su ritmo de trabajo y tipo de rodaje, también hereda de éste el desdén a la hora de planificar las escenas. Bien es cierto que, en la que probablemente sea su mejor película hasta la fecha, En la casa (Dans la maison, 2012), las mejores ideas provienen del apartado visual. En ella, los dos protagonistas –profesor y alumno- aparecen repetidas veces dentro de representaciones visuales de escenas que el adolescente ha escrito. Realidad y ficción se mezclan en el mismo plano y se juega a poner en duda que la narración inventada por el joven realmente lo sea. Sin embargo, por lo general su narrativa visual suele pecar de automatismo o, en el mejor de los casos, simpleza. La fuerza de sus películas se sitúa en el “¿qué?” más que en el “¿cómo?”, que suele limitarse a la simple exposición de los acontecimientos. Y su última obra, Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014), sirve como ejemplo de todo lo expuesto.

La película forma parte de la vertiente cómica del director, y en ella se retoma la identidad sexual reprimida en la figura de un hombre con impulsos de travestismo. Almodovariana en su temática, también lo es en el tono socarrón con el que lo trata, aunque, tratándose de un director con un gusto muy fino, en ningún momento llega a caer en lo burdo. También se diferencia de las historias del director manchego en la población reflejada. Si el primero presta mayor atención a la clase trabajadora o incluso marginal, Ozon no parece dispuesto a abandonar su obsesión por la burguesía, a la que le gusta reflejar como esa fachada de brillante exterior pero corruptos cimientos. La ligereza narrativa quita hierro a una temática controvertida, lo que no le impide profundizar y dibujar personajes apasionantes con relaciones complejas. El director francés mima a sus protagonistas, lo que no significa que los adule. Como ya es habitual, son retratados con una pincelada de patetismo entrañable, especialmente notable en el personaje de David/Virginia (Romain Duris). Es la visión del que conoce a sus personajes y no comete el error de ensuciarlos con idealismos que destruyen todo matiz.

Tratándose de una historia turbia por definición, Ozon sorprende al llenar la narración de luminosidad y sonrisas. Las vidas de sus protagonistas están lejos de ser satisfactorias, pero no oscurece el relato cuando lo fácil sería trascender por acumulación de dramatismo. Es por ello que, en el momento más sentimental de la película, cuando las lágrimas ya corren por la cara de Virginia y están a punto de hacerlo en el público más empático, la escena se corta de manera abrupta, como dando a entender que el director no está dispuesto a convertir su película en una magdalena lacrimógena. Precisamente al optar por el camino más difícil, y sin duda el inusual en este tipo de historias, el realizador francés propone situaciones estimulantes por lo interesante que resulta salirse del molde. Sin embargo, la premisa parece agotársele en la segunda mitad, y acaba llegando a un punto muerto en el clímax, en el que los motores se apagan y la película cae en picado. Este momento no sólo está fuera de lugar con respecto al resto de lo narrado, sino que resulta especialmente chocante el uso de un recurso tan manido en una historia que destaca por ser todo lo contrario. En la recta final, Ozon maquilla el resultado, pero el sabor agridulce de lo que podría haber sido empaña una premisa que encandila en su primera hora de metraje.

Yago

“EL FRANCOTIRADOR” (2014) – Clint Eastwood

La honestidad vence, sin necesidad de convencer.

Sí, ésta es otra crítica que mencionará al bebé de plástico de El francotirador (American Sniper, 2014, Clint Eastwood), que, por mediático, ni siquiera necesita presentación. La anécdota ha revolucionado la red, provocando una avalancha de tuits comentando lo sucedido y de reproducciones del fragmento clave en Youtube. La clamorosa situación parece merecer tal revuelo, pues no termina de entenderse cómo se ha podido cometer un fallo tan escandaloso. Todas las miradas parecen puestas en esta anécdota, que ha sido considerada un gran perjuicio para el desarrollo de la escena y que ha eclipsado a los demás elementos de la película. Llamativa es, y, desde luego, no beneficia al film per se. Sin embargo, este crítico no lo ve como nada más que un detalle menor de escasa relevancia y, es más, por rocambolesco que parezca, este texto se propone reivindicarlo.

Que no cunda el pánico: no se trata de una apología de la imperfección; tampoco de una apuesta por la frivolidad extravagante. Simplemente, resulta notorio, eficaz, y hasta valiente, que Clint Eastwood haya decidido tomar esta decisión tan pragmática. “El rodaje no va a parar por un bebé con gripe”, parece ser su mentalidad. Esta actitud demuestra seriedad y claridad de ideas, pues retrata a un director que va al grano y no se detiene en nimiedades, a las que trata como tales. Y la resolución de este incidente funciona como un fiel reflejo de lo que es esta película: la narración de lo imprescindible. Eastwood sabe lo que quiere contar, y esa búsqueda de lo esencial se refleja en la austeridad formal de cada escena, que no por sencilla se convierte en simple. El uso de las elipsis también pasa desapercibido, pero la tijera se aplica con firmeza, y únicamente pasa el corte lo que el espectador realmente necesita saber. Sólo así se consigue que a una película de más de dos horas de metraje no le sobren planos.

Y sí, esta crítica también se detendrá a pormenorizar la controvertida ideología de la película. Pero no, tampoco se dedicará a defenestrarla por ello. No sorprende encontrar un enfoque patriótico y conservador en el cine de Clint Eastwood. Sin embargo, si por algo destaca su discurso es por la honestidad con que lo desarrolla. El director muestra todas sus cartas desde el inicio y no se esconde nada, quizás porque no se avergüenza de pensar lo que piensa ni de defenderlo abiertamente. Sus ideas están bien definidas, sin que por ello queden exentas de matiz o reformulación. No es la primera vez que trata el tema en sus películas, y, si bien su defensa pro belicista es evidente, nunca es sectaria. En ella, la autocrítica brilla por su presencia. Al igual que Carl Theodor Dreyer (La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928), Dies Irae (Vredens dag, 1943)) abordaba la religión como creyente crítico con su propia fe, Eastwood expone sus ideales siempre abriendo la puerta al debate. Si ya en el díptico Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006) – Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006) cuestionaba los entresijos de la guerra y la institución militar, en este caso la defensa de su protagonista no está exenta de duda. Eastwood lo retrata como el héroe nacional en que se convirtió, y en su discurso se aprecia una serena alabanza hacia sus méritos militares, pero el director no deja de plantearse si estos propios actos son los adecuados, al exponer las consecuencias de los mismos.

Es precisamente esta honestidad la que permite que esta crítica ensalce el trabajo del director californiano. La ideología destilada difícilmente casará con la del autor de estas líneas, pero los valores morales no están reñidos con la calidad cinematográfica. La personalidad que demuestra Eastwood para profundizar en sus ideas sin disimularlas es la que le permite desarrollar su discurso sin manipular a la audiencia para ponerla de su lado. Es este acto de humildad el que deja en evidencia a otras películas, como la reciente Whiplash (Damian Chazelle, 2014), que defiende a capa y espada unos ideales –las virtudes del Sueño Americano, concretamente-, sin hacerlo abiertamente. En ese caso, se recurre a la manipulación emocional y a la distracción por medio de la música para transmitir subliminalmente el enfoque de la historia. Clint Eastwood no comete ese error; el veterano realizador no se esconde y respeta a su audiencia, consiguiendo triunfar incluso entre aquéllos a los que no convence.

Yago

“FELICES 140” (2015) – Gracia Querejeta

Maribel cumple 40

Elia, la protagonista de Felices 140, la última película de Gracia Querejeta, decide celebrar su entrada en la cuarentena invitando a viejos amigos, ex pareja y familiares más próximos, a pasar un idílico fin de semana en una casa rural. Todos acuden con su mejor sonrisa y las cosas van todo lo bien (y mal) que pueden ir este tipo de celebraciones, hasta que la anfitriona anuncia que ha ganado 140 millones de euros. Entonces, las buenas intenciones se irán olvidando y saldrán a flote los peores instintos de los invitados.

El planteamiento de Felices 140 es poco original y su desarrollo se basa en giros de guion poco verosímiles. Sin embargo, el conjunto funciona gracias a un excelente reparto que encabeza Maribel Verdú quien interpreta a la anfitriona, una profesional de cierto éxito que intenta recuperar a su expareja. También sobresalen Marian Alvarez, la hermana sufridora y Antonio de la Torre, su marido, un abogado sin escrúpulos. Eduard Fernández interpreta a un viejo amigo, cocinero ahogado por las deudas de su restaurante que se pliega ante las exigencias de su esposa, Nora Navas, quizá el personaje más oscuro.

Y es que Querejeta, con el mismo humor negro que anuncia el título –Felices 140-, compone en su última película un acertado retrato de personajes que son casi arquetipos de una sociedad en la que solo cabe una forma de felicidad: el dinero. Y además, nos invita al juego de reconocerse.

Elena

Regreso a Ítaca, Laurent Cantet, 2014

“Pal carajo” con el miedo

El emigrante que deja su país obligado en busca de un futuro mejor, acaba con los años idealizándolo. Sueña con volver sin recordar los motivos por los que partió y que seguramente no hayan cambiado. Será la gente que está a su alrededor la que le pondrá los pies en la tierra sobre la realidad que con el paso del tiempo ha dejado de ver con claridad.

Es el caso de Amadeo (Néstor Jiménez), el Ulises que regresa a su Ítaca natal, aquí La Habana, tras 16 años de exilio en España en su reencuentro con sus mejores amigos. Tania (Isabel Santos) una oftalmóloga que sobrevive con la ayuda de sus pacientes, pero sobre todo por su fe en la santería, hay que creer en algo; Rafa (Fernando Hechevarría) iba para gran artista, pero como tantos otros malvive de su arte; Aldo (Pedro Julio Díaz Ferrán) ingeniero que se gana la vida como operario; y Eddy (Jorge Perugorría) ex artista e idealista, actualmente político vendido al sistema del que saca lógicamente provecho. Todos en la cincuentena, sus recuerdos compartidos empiezan bailando al ritmo de la canción de “Eva María”, pasan por el concierto de Serrat en el Estadio Lenin y continúan con la descripción de sus sueños e ilusiones perdidas, el dolor del que se va y el dolor del que se queda.

Esta inagotable conversación se desarrolla en una terraza abierta frente al Malecón que representa la libertad que no poseen frente al hermetismo y la claustrofobia de esa preciosa isla que sigue viviendo una dictadura cerrada al mundo, un país que les ha fallado, que les ha traicionado. Cantet cuenta de nuevo con la colaboración del escritor cubano Leonardo Padura, a quien conoció en el proyecto colectivo “7 días en la Habana”, aquí nos invita a presenciar este encuentro casi como con una cámara oculta. Las magníficas interpretaciones de estos grandes actores cubanos no parecen guionizadas, sino conversaciones reales entre amigos. Se oye la celebración del triunfo del juego de pelota del equipo local, somos testigos de la vida de los vecinos en sus balcones y olemos la matanza de los tejados cercanos.

Entre buenos y malos recuerdos, risas, música, reproches, ausencias, rencores, secretos y mucho ron, estos 5 amigos vencen el miedo que les marcado estos años sincerándose por fin unos con otros y como no “comiendo mierda”. Amanece en la Habana.