Huyendo de vuelta al Titanic

Apunten un tópico para comenzar: anciana meretriz que echa sus noches entre los efluvios que se beneficia gratis en el cabarute de Estrasburgo que se desdobla en lugar de trabajo y hogar, decide un buen día cambiar las tornas y visitar a su mejor (posiblemente único) cliente en su propia casa. Alguien que viola con ese desparpajo la confidencialidad que se espera de su gremio solamente puede cometer tamaño desmán si con ello pretende buscar una vida mejor al lado de alguien que le comprenda y no vaya a juzgarle. Correcto?

Pueden despertarse, no estamos ante la versión europea (y por ende avejentada) de “Pretty woman”. “Mil noches y una boda” nos acerca a un mundo poco conocido por las amas de casa, esas que puedan creer que se van a encontrar con una amable fábula de redención venérea (ya saben, “mala mujer descubre la vida decente de la mano de un buen hombre”). Angelique, nuestra heroína, es   el anverso de  una “buena” mujer. Es esa anquilosada meretriz que ha visto días (y sobre todo noches) mejores, que se imagina aún capaz de despertar la pasión (alquilada) de jovenzuelos tatuados, y que es, sin embargo, la prostituta que se siente violada en la cama de su propia casa cuando un marido que la respeta no pretende intercambiar dinero, sino cariño, por sus atenciones. Y no, lo que nos muestran , Marie Amachoukeli-Barsacq, Claire Burger y Samuel Theis en su opera prima no es la caída en desgracia de una víctima de las circunstancias presa de las redes de la explotación sexual, sino la amarga realidad de una criatura de la noche encerrada en la jaula de una vida tranquila. Es una vida trágica tratada sin estridencias y con pulso (o pulsos, nada menos que de seis manos) firme, es la historia al revés de una huída en la que la damisela no se quiere marchar en el caballo blanco del príncipe azul porque se lo pasa mejor golfeando en una barra que en la ridícula competición de caza de pato que su monaguillo (y ex minero!) correcto y educado quiere como nueva afición para ella.

Tiene su mérito que una película narrada desde las tripas (y muy de cerca: Samuel Theis es, de hecho, el hijo de Angelique en la ficción y en la realidad) infunda tal serenidad. Nada de escenas de reproches familiares, nada de excesos propios del folletín que pide a gritos estallar por alguna comisura del relato (la hija rescatada por los servicios sociales, los hermanos huidos a la normalidad de un París que se antoja Disneylandia, las miradas asombradas, y un punto despreciativas, de los antiguos compañeros de nuestro héroe cansado). La cámara se pega a los personajes como una lapa, y observa sin juzgar, sólo muestra, enseña lo que parece difícil de creer, nos convence de que quizás, sólo quizás, el que no se entera de nada es el que más claro parece tener que ofrece a un alma desvalida una segunda oportunidad. Y claro, como esto es una crítica de cine éste es el momento de citar a Cassavetes – sí, hay mucho del Cassavetes sórdido y comprensivo con sus personajes apagados, sin pilas, sin futuro y apenas un recuerdo de su pasado).

Cuesta pensar en que alguien pueda imaginar, al entrar a la sala habiendo leído apresuradamente la sinopsis, a esa tal Angelique feliz en la tranquilidad anormal de un hogar tranquilo. Esa mujer de bisutería, de maquillaje y peinado exagerados, no es una víctima de un naufragio que abraza feliz la orilla tras cruzar un mar embravecido. Es la pasajera lúcida que, oteando de lejos una tierra firme sorda y convencional, decide regresar a ese Titanic donde la orquesta siempre seguirá tocando, donde la música y el alcohol permiten olvidar que la nave se hunde sin remedio.

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2 Comentarios

  1. Menudo debut más afilado, explosivo e incisivo has hecho en este blog, Marcela. Me gusta mucho el texto, pero creo que tu lectura de la película parte de una asunción un poco mal calculada: una “party girl” no es, necesariamente, una meretriz.

    Me ha resultado muy divertido tu guiño metacrítico con la alusión a Cassavetes y creo que está muy bien analizado tanto el sentido de la película como su estrategia formal, pero creo que el conjunto de tu texto está condicionado por eso que he comentado antes -lo de confundir a party girl con meretriz- y, también, por una ferocidad en el tono que no acabo de entender: crea la falsa impresión de que vas a arremeter contra una película que te ha enfadado mucho, cuando, finalmente, no es así.

    Me alegra mucho que te hayas estrenado tan pronto y con tanta fuerza en el blog.

    un abrazo,

    Jordi Costa

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