St. Vincent, Theodore Melfi, 2014

¿Hay algún santo en la sala?

La cámara sigue a un individuo de espaldas, en pantalón corto militar, camisa floreada y chanclas paseando por las calles tocando todas las manzanas de un puesto de fruta hasta que finalmente se hace con una sin pagarla. Este es nuestro protagonista, Vincent, un espléndido Bill Murray -actor del que es difícil destacar algunos de sus inolvidables papeles sin dejar otros de lado, pero no puedo dejar de mencionar su actuación en “Olive Kitteridge” donde casi ensombrece a la brillante protagonista de esta muy recomendable miniserie Frances McDormand- que roba, bebe, fuma, se acuesta con prostitutas, apuesta en el hipódromo, tiene deudas con prestamistas peligrosos, no se preocupa por nadie, odia al resto de la humanidad, es maleducado, vive en una casa que no limpia nunca y se alimenta sobre todo de whisky y sardinas, o sushi como él lo llama.

A nuestro co-protagonista Oliver – un estupendo Jaeden Lieberher que en ningún momento resultará cargante o exagerado en su interpretación como otros niños de 12 años en pantalla, sino todo lo contrario- le vemos entrar por primera vez a su nueva clase y ser presentado a la misma por el profesor, un sacerdote, Chris O’Dowd, quien le pide que dirija la oración matinal. El pequeño actor espantado le susurra al oído “creo que soy judío” intentando evitar el bochorno de hacerlo. Para desesperación de Oliver, su profesor se sonríe y pregunta a sus alumnos cuál es su religión, a lo que responden: budista, ateo, católico y “no sé” -la respuesta más común nos comenta O’Dowd, y añade mirando a Oliver: “ahora tenemos otra religión más `creo que soy judío´”. Y así, en ese aula tan variopinta, nuestro joven protagonista empieza sin saberlo su andanza en la búsqueda de un santo en su vida, la tarea encomendada en clase, que le llevará a correr aventuras y desventuras con el gruñón de su vecino de al lado, que por una mera cuestión financiera de necesidad acaba convirtiéndose en su niñera -por el módico precio de 12$ la hora-, y enseñándole a vivir en la vida real, bueno, en la vida real de Vicent.

Naomi Watts en su papel de prostituta embarazadísima con fuerte acento ruso y un sentido del humor muy ácido, cambia de registro en un papel apetecible y divertido. A la madre de nuestro protagonista, Melissa Macarthy, agradecemos verla menos gritona que de costumbre y en un rol dramático que sale de las interpretaciones cómicas, exageradas en mi opinión, a las que nos tiene habituados.

Efectivamente ya hemos visto a estos lobos solitarios gruñones en otras películas redimirse al final de las mismas, pudiendo llegar a pensar que esta cinta por tanto no aporta nada. Hemos visto a los enormes Clint Eastwood en “Gran Torino”, Walter Matthau en “La extraña pareja”, o incluso a Jack Nicholson en “Mejor imposible”, pero solo por ver a Bill Murray bailar a ritmo de “Somebody to love” de Jefferson Airplane y verle reírse del mundo con su cínico humor, vale, en la opinión de este crítico, definitivamente la pena.

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1 comentario

  1. Yo no simpatizo tanto como tú con esta película, Pilar, pero has hecho una muy buena crítica.

    Al comienzo, la descripción de las dos escenas de presentación de los personajes de Murray y el niño te permiten definir muy bien los dos polos de esta historia de afinidad entre contrarios.

    Luego te das perfecta cuenta de que el gran atractivo de la película está en su reparto y su gran debilidad en un guión mecánico y arquetípico.

    Lo único que te recomendaría evitar es ese uso del plural: “agradecemos”, “nos”… Imagino que es una tendencia refleja para matizar que no te gusta el registro habitual de Melissa McCarthy. Lo suyo, pues, es atreverse a usar el singular y dejar claro que es una opinión personal y subjetiva, no extensible el común de los mortales.

    Para mí, el poder de seducción de los actores no fue suficiente: me pareció una película muy conservadora camuflada de lo contrario.

    Tu texto está muy bien estructurado y transmite con claridad tu análisis y visión de la película.

    un abrazo,

    Jordi Costa

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