Solo los fuertes sobrevivirán

En 1964  los hermanos Strugatsky , grandes figuras de la literatura de ciencia ficción rusa , autores de la novela en la que se basa Stalker de Tarkovsky, publicaron  “Qué difícil es ser un Dios”:una fuerte crítica  política de la sociedad soviética de aquel momento .En 1989 se estrenó  “El poder de un Dios” de Richard Fleischmann , una adaptación de la que los propios hermanos renegaron públicamente.

51 años después, sale a la luz la adaptación dirigida por el maestro de cine ruso Aleksei German .Se trata de una obra póstuma, montada por su hijo y rodada durante 14 largos años, que casi cuestan la vida al equipo.

Don Rumata es un científico enviado a Arkanar, un planeta cercano a la Tierra que permanece estancado en la edad media.

Este hombre, considerado un Dios allí, es símbolo del aislamiento e impotencia del intelectual que observa un mundo brutal, decadente y oscuro donde reina la barbarie y los poderosos oprimen sin piedad.

La niebla, la lluvia, el lodo, los interiores repletos de instrumentos de tortura, diluvios de fluidos corporales y vísceras de todo tipo, impregnados por el blanco y negro, son los elementos con los que  logra una ambientación perfecta, cuyo hedor vomitivo trasciende la pantalla.

Tampoco tiene parangón el fantástico elenco de actores de caras  únicas y deformes, que  a veces miran  a la cámara, como preguntando: ¿seguís ahí?.

Las coreografías de personajes y objetos elaboradas con precisión geométrica confirman su maestría en el arte de la puesta en escena

Con encuadres y planos secuencia que casi recrean los frescos de  Brueghel y el Bosco ,  German logra filmar escenas dantescas  a la manera de Welles en “Campanadas a medianoche”.

Tres horas  asfixiantes, que  hacen que la aparición de los títulos de crédito a ritmo de saxo, sean un auténtico alivio.

Esta es sin duda la epopeya barroca de lo escatológico por excelencia. El retrato una sociedad podrida, de la que desgraciadamente no estamos tan lejos

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La fiesta de despedida, Tal Granit y Sharon Maymon (Israel 2014)

Dios está en el servicio

Suena el teléfono, una persona anciana con un andador avanza hacia él y al contestar se oye una voz de ultratumba: “Zeeeeelda”. “¿Eres dios? Nadie me cree cuando les digo que me llamas”. “Zelda, aguanta, sigue el tratamiento, no te rindas, no ha llegado tu hora todavía, no tenemos ninguna plaza en el cielo ahora mismo”.

El autor de esta llamada es realmente Yehezkel (Ze´ev Revah), distorsionando su voz y tratando de animar con su broma a una compañera de la residencia de ancianos en la que vive. Casado con Levana (Levana Finkelshtein) llevan una vida de jubilados setentones aparentemente tranquila rodeados de buenos amigos hasta que el horrible sufrimiento provocado por una enfermedad en alguien muy cercano, les obliga a replantearse si pueden y deben tomar cartas en el asunto acelerando la llegada del inevitable final con una máquina de fabricación casera de eutanasia.

Los directores Granit y Maymon se han rodeado en este su primer largo de actores cómicos muy conocidos en su Israel de origen, incluyendo además de los arriba mencionados a Aliza Rozen (Yana), Shmuel Wolf (Max), Ilan Dar (Dr. Daniel) y Rafael Tabor (Raffi). Los convierten en pícaros aventureros celebrando la vida – “son como niños atrapados en unos cuerpos de ancianos” oímos como justificación en una de sus gamberradas-, aunque detrás de cada risa pueden provocar también la caída de una lágrima. Les acompañamos en situaciones surrealistas que afrontan con una ironía típica judía que cada vez gusta más a este crítico, o en situaciones dramáticas de justicieros tipo “Reservoir dogs”. La ambientación de la residencia y su jerarquía; hilarantes y disparatados diálogos; la emoción, la soledad, las dudas, la vejez, el miedo vienen representados en un equilibrio muy bien alcanzado entre la comedia y el drama.

Camino cabizbaja y triste por unas calles de Madrid claramente desiertas, hoy hay fútbol, el importantísimo partido de cuartos de final de la Champions League entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid. El silencio me ayuda a ordenar mis pensamientos y me pregunto si llegado el momento tendría el valor para pedir ayuda, para quitarme la vida, o para ayudar a alguno de mis seres queridos a hacerlo. Sólo seis países permiten la eutanasia o el suicidio asistido en el mundo: Colombia, Suiza, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y en los estados de EEUU de Oregon, Vermont, Washington y Montana. La mayoría de los demás países penalizan la asistencia activa al suicidio pero no la eutanasia pasiva, el derecho del paciente a no someterse a tratamiento imprescindible para seguir vivo o la posibilidad de desconectar sistemas de alimentación o respiración artificiales. Esta película nos muestra qué puede ocurrir cuando nos enfrentamos a un tema no legislado y decidimos solucionarlo por nuestros propios medios, invitándonos al menos a una reflexión, yo creo que necesaria, sobre la muerte digna.

“Si vas a escribir sobre mí, di que es difícil ser un dios”

El pasado miércoles se proyectó en Madrid “Qué difícil es ser un dios”, la última película de Aleksey German. Este fue uno de los dos únicos pases programados en la capital contando, tan solo, con dos salas más en toda España para el visionado de la misma. “Qué difícil es ser un dios” adapta la novela homónima de Arkadiy Strugatskiy y Boris Strugatskiy, responsables de la novela que tiempo atrás dio lugar a “Stalker” de Tarkovsky.

Escrita en 1964, “Qué difícil es ser un dios”, retrata la realidad de Arkanar, otra “tierra” habitada por “humanos” anclados en una Edad Media donde Don Rumata, un explorador llegado de la Tierra del futuro, es tratado como un dios, y soporta la premisa de no poder interferir en los acontecimientos que allí transcurren. Las similitudes políticas y sociales con el contexto en la que nace la novela sitúa esta película en el terreno de la crítica social, un mecanismo propio de la ciencia ficción, y que se sirve aquí de complejos y largos planos secuencia, con encuadres saturados de objetos, personas y vísceras, para sumergir de lleno al espectador en la tangible y asfixiante atmósfera de Arkanar. Desde la primera escena a modo de lente que difumina los márgenes exteriores del plano, es imposible abandonar el rol de “observador” compartiendo el mismo destino que los exploradores del futuro y participando de la experiencia de asomarse por un microscopio y sentir la sordidez, estupor e incomodidad de unos habitantes que constantemente miran a cámara, incrementando la inmersión y el desasosiego de las atrocidades que recoge.

Si los paralelismos sociales entre realidad y ficción eran obvios y evidentes en el momento de su escritura, ahora la película vuelve a encontrarse con arraigadas identificaciones sociales: una persecución de lo cultural e intelectual por parte del poder establecido mediante la represión y el castigo institucional. La falta de apuesta por el estreno de “Qué difícil es ser un dios”, y otras películas como “Under the skin” (cuyo único pase en España fue en el festival de un canal de ciencia ficción, habiendo sido reconocida por la crítica internacional como una de las mejores películas del año pasado), dan muestra de que nuestros “Grises” se topan con que no hay un lugar para ellos en el actual blanco y negro que gobierna las decisiones políticas sobre lo artístico y cultural (la nueva ley de educación de la enseñanza obligatoria que entra en vigor el próximo curso, suprime un significativo número de horas de las enseñanzas relacionadas con el arte, la música, la educación plástica e incluso de historia).

German ofrece un panorama desolador, cruel y brutal, esta vez sin enfrentarse a la censura, pero topándose con una realidad que ya avecinaba Susan Sontag cuando mostraba su preocupación al hablar de la decadencia del cine, revelando que la verdadera preocupación se encontraba en la relación que establecen los espectadores con el propio cine, y no tanto en el declive de lo cinematográfico. Sin entrar en profundidad a diseccionar la relación entre la cinefilia, la crítica y el público mayoritario como acaba de publicar Cuadernos de cine en el Gran angular de este mes, cabe mencionar que existen referencias vivas que ilustran este debate en las salas, como es el caso de la falta de distribución de determinadas películas, la estrepitosa recepción de films como los aquí mencionados en los minoritarios cines, o el destierro a museos y galerías de materiales audiovisuales de difícil tipificación.

No obstante, he aquí “Qué difícil es ser un dios”. Tras una década de realización sale a luz, y se filtra hasta llegar lo más lejos posible. Sin neutralidad, avasallando. Sin dejar indiferentes a espectadores y críticos, sirviéndose de mecanismos que combaten ese embrutecimiento del que nos hace testigos, convirtiendo en imágenes las afiladas palabras de los hermanos Strugatskiy, y situándonos en el plano contrario de los sumisos y esclavos “arkanarnianos”, porque si algo permite esta película es otorgarnos impactantes imágenes con las que libremente sentir y pensar.

Cristina Aparicio

El Capital Humano, Paolo Virzì, Italia 2013

Dino, Carla, Serena y el valor económico de una vida

“Capital humano” es el término que utilizan algunas aseguradoras para determinar la proyección de las ganancias de una persona –según edad, trabajo, perspectivas de futuro, etc.- que fallece repentinamente, para calcular y entregar la compensación correspondiente del seguro a su familia, es decir, el valor económico de una vida.

Basada en la novela del americano Stephen Amidon del mismo título, aquí su acción pasa de Connecticut a las afueras de Milán, demostrando que vivimos en un mundo globalizado donde financieros sin escrúpulos, ambiciones, arribismos y miserias humanas se prueban iguales a ambos lados del charco. Paolo Virzi conocido entre otras por “La prima cosa bella” triunfó con este film en los Premios David di Donatello del año pasado con 7 galardones incluyendo mejor película, guión, actriz principal y actores secundarios, frente a los 9 que consiguió la otra gran cinta italiana del 2014, “La gran belleza”.

Virzi nos presenta este thriller en tres capítulos más un epílogo en torno a la resolución del atropello de un ciclista por un todoterreno de lujo en la noche en la que los protagonistas acuden juntos a una cena de gala en el instituto de sus hijos. Los flashbacks al inicio de cada historia nos llevarán a un período de seis meses atrás para entender lo ocurrido. Empezaremos conociendo a Dino (Fabrizio Bentivoglio) un agente inmobiliario ambicioso que quiere escalar socialmente aprovechándose del noviazgo de su hija con el hijo del millonario local, Giovanni (Fabrizio Gifuni), un asesor financiero de fondos de inversión muy golosos que prometen el 40% de interés.

Carla (Valeria Bruni Tedeschi) es la pobre esposa aburrida del millonario en busca de un proyecto que llene su vida, la conoceremos mejor en el segundo capítulo. Y será en el tercero donde los hijos de ambos matrimonios entren en acción como complemento o contrapunto en la vida de sus padres.

El contexto de las diferencias sociales de los protagonistas está muy bien definido, tanto que a veces entramos en situaciones casi grotescas, pero tremendamente reales. Todos evolucionan al ritmo del desarrollo de la intriga, manteniéndonos atentos a la pantalla hasta el final.

La protección de los padres a un hijo tras un mortal atropello la hemos visto recientemente en “Relatos Salvajes” – película que lamentablemente se ha visto superada por la realidad en otra de sus historias. La presentación de la película narrada desde puntos de vista diferentes también ha sido plasmada en la gran pantalla en numerosas ocasiones sobre todo por González-Iñárritu, o en cintas como Pulp Fiction o Crash. Aquí además asistimos al final de la era de la prosperidad económica definida en la escena inicial de la película donde los camareros barren con avidez el confeti de fin de fiesta tras la cena en el instituto, pero ese fin de fiesta no es real, ya que como bien sabemos los tiburones financieros sobreviven a todo tipo de tormentas.

Historias de Lavapiés (Ramón Luque)

Las imágenes poéticas de un Madrid castizo y a la vez multicultural con las que se abre esta película prometen un interesante retrato de la vida de la calle, las historias de las personas y su variedad.

Sin embargo, la película poco a poco se nos va mostrando en digresiones y diálogos pesados que uno no tendría paciencia para aguantar en la vida real (como una discusión insustancial que dura minutos y minutos, cambiando de plano alternativamente a medida que habla uno u otro), escenas repetitivas mostradas una y otra vez, y otras que desentonan en el contenido y en la forma, artificialmente introducidas.

Algo queda, de todas formas, pues la película intenta quizá reflexionar sobre la corrupción humana, y nos aporta también una interesante consideración sobre el mundo educativo. El episodio del hindú que duerme en la escalera nos aporta una interesante reflexión antimaterialista: ¿la pobreza económica lleva a la pobreza espiritual? ¿O más bien al contrario? ¿Qué relación hay entre ellas? “Nosotros pensamos que podemos cambiar el mundo, y lo único que hacemos es poner parches”, dice una idealista profesora, en una de las pocas frases sustanciosas que escuchamos. Si bien el retrato social está logrado, el politiqueo usado es demasiado tendencioso. Estas “historias” pretenden formar un collage de la vida de un barrio, lo cual es muy loable, pero está hecho torpemente. La actuación de Guillermo Toledo tira a mediocre, aunque a los actores no se les pide un gran esfuerzo interpretativo, sino que la intención de la película era ser una “sinfonía de normalidades”. Y aunque prometía en los primeros momentos, aburre.

Es difícil para el espectador entender del todo cuál es el núcleo de la película, pero uno adivina que no hay mucho fondo. Asfixiante, pobre, “intenta” ser simpática, pero justamente se echa mucho en falta el humor, que apenas está presente. En fin, una película descuidada, con una idea original que podía haber dado buen fruto pero que se acaba estropeando.

Alejandro

Estamos en peligro

En la noche del 2 de noviembre de 1975 el poeta , escritor y cineasta  Pier Paolo Pasolini fue asesinado en la playa de ostia en extrañas circunstancias. 40 años después , Abel Ferrara estrena  Pasolini(2015) donde recrea escenas del último día de su vida : diálogos con su madre ,la entrevista  con  un periodista , visitas de viejos amigos ,  los preparativos para el estreno de su última película “ Salo o los 120 días de Sodoma” (una metáfora sobre la institucionalización de la violencia bajo la  influencia del capitalismo) , que mezcla con fragmentos   de una obra que jamás vio la luz .

La película parte de la premisa de “la muerte de la narrativa” para autodefinirse como: “una parábola que habla sobre la forma que crea el autor” .Así  logra ahondar en la  compleja personalidad de su protagonista: un intelectual sumamente lúcido  con una clara visión del futuro.

Su búsqueda de provocación en unos tiempos de represión era su forma de libertad expresiva, para cargar contra la estructura política de una sociedad  adicta a “consumir, tener y poseer”,  que   despoja al hombre de su humanidad.

Su lado más vulnerable era su condición de homosexual,  razón por la que se vio obligado a frecuentar los ambientes marginales,  que al final, terminarán siendo su condena de muerte.

Willem Dafoe logra  una  interpretación con la que transmite  coraje, angustia y soledad de manera muy creíble.

El preciosismo de sus imágenes , una  perfecta ambientación de la Roma de mediados de los 70 , su excelente demostración de puesta en escena y brillantes juegos de miradas son algunos de los elementos con los que Ferrara dibuja el retrato  poliédrico de un individuo  con un profundo amor por la  vida.

En la tierra del silencio

John Michael Mcdonagh debutó en la gran pantalla con The guard (el irlandés)(2011): una  comedia policíaca  que  parodiaba  la figura del policía rural  con suma inteligencia .Brendan Gleeson lograba una de sus mejores interpretaciones de su carrera .

Cuatro años después, Mcdonagh recupera al actor irlandés como protagonista y retoma su gusto por los ambientes  campesinos   en su última película: Calvary. Esta vez, el tema central es  una semana de importancia crucial dentro de la vida del cura James Lavelle: un hombre bueno en el mejor sentido  de la palabra, que se enfrenta a una comunidad   llena de: víctimas de abusos, adúlteros, homosexuales, maltratadores y ateos entre otros.

El espectador quedará atrapado por una propuesta formal que  capta  el interés  desde el primer momento.  El ritmo narrativo puede resultar algo irregular, si bien siempre hay detalles de los que se puede disfrutar. En este sentido, la ambientación del pueblo de la campiña irlandesa, que huele a hierba fresca, cerveza guiness, aislamiento y  soledad , no puede ser mejor.

Con  pequeñas pinceladas  se construyen  personajes  tan complejos como interesantes.

Brendan Gleeson esta de nuevo sobresaliente al recrear la crisis de fe  de un personaje lleno de matices, donde muestra valor, vulnerabilidad, ternura y una profunda comprensión de las contradicciones del ser humano.

Con ecos del humor británico, esta comedia negra dibuja el retrato de una sociedad  con un profundo sufrimiento en silencio, que el tiempo ha vuelto insoportable.

Terrible resulta pensar que las injusticias del pasado solo se puedan pagar con sangre inocente, para llamar la atención de los verdaderos culpables, que permanecen tan callados como el Dios que tanto adoran.